Federico Muñoz - Director de Federico Muñoz & Asociados

Hasta 2010, los resultados en materia de crecimiento económico y del empleo de la gestión kirchnerista eran muy satisfactorios. La economía argentina había crecido tanto o más que las del resto de los países de la región y habíamos alcanzado un virtual pleno empleo. Sin embargo, desde el año pasado, ha sufrido una sensible desaceleración. El gobierno procura responsabilizar al contexto externo por el enfriamiento, pero lo cierto es que -al menos hasta el inicio de este año- el escenario internacional seguía siendo muy favorable. La prueba más cabal de que el enfriamiento obedece a razones domésticas es que la economía argentina se estancó, mientras el resto de la región mantuvo un buen ritmo de crecimiento. 

La razón excluyente del deterioro del desempeño económico a partir de 2012 ha sido la acumulación de vicios y distorsiones en el contexto macroeconómico. En los primeros años de la era kirchnerista la macro local presentaba una inédita conjunción de activos -estabilidad de precios; tipo de cambio flotante y competitivo y holguras fiscal y externa- que daban forma a un escenario de consistencia macroeconómica; constituía una formidable ancla clave de estabilidad y certidumbre. Sin embargo, a fuerza de mala praxis, la economía iría perdiendo progresivamente todos estos valiosos activos macro. 

El primero de los activos macro sacrificados fue la estabilidad de precios. A partir de 2005, la inflación no bajó de los dos dígitos; en cinco de los últimos seis años el aumento anual del IPC fue superior al 20%. El retorno a un régimen de alta inflación tuvo derivaciones indeseables. La primera, la intervención oficiosa al Indec (comenzó en enero de 2007), que casi inutilizó el sistema estadístico nacional. La segunda, la fuerte inflación en dólares fue erosionando la competitividad del tipo de cambio, al punto que hoy padecemos un retraso cambiario flagrante.

Con el tiempo, también fuimos perdiendo las holguras fiscal y externa. En 2011, el balance cambiario cayó en terreno deficitario (el BCRA comenzó a perder reservas). El gobierno procuró enfrentar la reaparición de la restricción externa con múltiples trabas a la demanda de divisas (cepo cambiario). Lejos de corregir la escasez de dólares, la agudizó: abrió nuevas vías de fuga y frenó el ingreso de dólares por un canal, el financiero. Del superávit fiscal también queda nada más que un buen recuerdo. Si bien el rojo actual no es de una magnitud desestabilizadora, la ausencia de fuentes de financiamiento genuinas fuerza al Tesoro a buscar al auxilio del BCRA; un recurso que se usó mucho en el pasado con resultados funestos.

En definitiva, a la hora del balance de la gestión económica kirchnerista, rescatamos la mejora de la capacidad estatal para cobrar impuestos; la instauración de la AUH, la masificación de las prestaciones previsionales y la Ley de Financiamiento Educativo; también defendemos (aunque con menos énfasis que hace unos años) la agresiva reestructuración de la deuda de 2005. Desde nuestra apreciación personal, estos méritos no alcanzan a equilibrar una evaluación que se torna negativa. Probablemente, la muestra más cabal y representativa de los vicios que aquejan a la economía kirchnerista sea que resulte prácticamente imposible pronosticar la evolución de las principales variables económicas nacionales a partir del año que viene (¿Quién se anima a decir cuánto valdrá el dólar a fin de 2014?). No deja de ser una triste paradoja que, al cabo de la "década ganada", la incertidumbre envuelva al futuro en tinieblas y el horizonte de decisiones económicas no pueda extenderse más allá de unos pocos meses.